Porque no saben el día ni la hora de mi regreso.
Mateo 25:13 NTV
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Procrastinar era su verbo favorito.
Lo aprendió a una edad tierna, la madre era dulce, suave y lenta.
Comidas tibias, citas postergadas, un poco ausente, un poco presente.
Creció en la lentitud.
Poco estrés, lágrimas breves, amores tardíos.
Cierto día escuchó que pasaría el Rey por la calle principal del pueblo; se pronosticaba una gran fiesta, el poblado en pleno estaba invitado a saludarlo.
Los días se sucedieron en preparativos, salón de belleza, adquisición de un moderno celular para tomar las mejores fotografías, dieta rápida para estar en forma, en fin, tú sabes, un día en la vida no es todos los días.
Sería memorable. Guardaría esas fotos para presumir con sus amigas.
La fecha impostergable llegó.
El aire se llenó de música, nerviosismo en el ambiente, expectativas elevadas a la quintaesencia.
A punto de salir se dio cuenta que su celular estaba sin batería, se sentó a esperar que cargará; escuchó a lo lejos los sones de la banda y los fuegos artificiales.
Corrió para llegar a tiempo.
El piso regado de confeti y pétalos de rosas.
Los vecinos felices caminando de regreso, una estela de música en el ambiente: de la comitiva real solo una bruma en el horizonte.
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